INFORME

101 FUNDACIONES • anuario 2025

TRIBUNA

FRONTERAS QUE DIVIDEN,
ALIANZAS QUE TRANSFORMAN

PILAR GARCÍA CEBALLOS-ZUÑIGA,
Presidenta de la Asociación Española de Fundaciones

FOTOS Jesús Umbría

Las fronteras, visibles e invisibles, han acompañado siempre a la humanidad. Han delimitado territorios, marcado culturas e identidades y establecido distancias que, en demasiadas ocasiones, se han convertido en muros. Unas veces han sido líneas geográficas, otras barreras políticas o tecnológicas. A menudo, han tenido un fuerte componente simbólico y cultural. Pero casi siempre han implicado desigualdad, exclusión y la imposibilidad de encuentro. En un mundo que tiende a fragmentarse, reflexionar sobre cómo superarlas es más urgente que nunca.

En este escenario, la filantropía adquiere un papel esencial. Allí donde surgen muros, las fundaciones pueden abrir puertas. Y allí donde aparecen grietas, pueden tender puentes. Su razón de ser radica en unir lo que la sociedad divide, en recordar que las diferencias no deben entenderse como amenazas, sino como oportunidades para aprender y cooperar. En tiempos de polarización, de crisis ambientales o de brechas digitales, la filantropía se erige como un recordatorio de que los problemas globales exigen respuestas colectivas.

“Allí donde otros ven límites, las fundaciones tienen la oportunidad –y la responsabilidad– de ver posibilidades. Y en ese gesto de tender la mano se encuentra, quizá, la forma más poderosa de transformar el mundo”.

La verdadera fortaleza de las fundaciones no se mide únicamente en los recursos eco- nómicos que movilizan, sino en su capacidad de generar vínculos. Esa cualidad de conectar actores diversos, articular redes de trabajo y multiplicar resultados es lo que las convierte en agentes imprescindibles en nuestro tiempo. La colaboración con instituciones públicas, empresas y organizaciones sociales, pero también entre las propias fundaciones, potencia su alcance y permite que cada una aporte lo mejor de sí misma: conocimiento, experiencia, cercanía territorial, capacidad de innovación o influencia social.

La historia reciente ofrece ejemplos claros. Durante crisis sanitarias, desastres naturales o emergencias humanitarias, las fundaciones han demostrado que, trabajando juntas, pueden llegar donde los Estados no alcanzan. Han movilizado recursos en cuestión de horas y han estado presentes en lugares que necesitaban ayuda inmediata. Pero su potencial no se limita a la respuesta rápida: la cooperación también permite planificar proyectos a largo plazo, con- solidar redes de aprendizaje y favorecer una innovación social más profunda.

Ese modo de actuar, en red, refuerza también su legitimidad ante la ciudadanía. La sociedad necesita confiar en que la filantropía no es un conjunto de iniciativas aisladas, sino un esfuerzo colectivo que responde a un propósito común. Mostrar que se trabaja de forma coordinada, compartiendo saberes y experiencias, es la mejor forma de garantizar esa confianza. Y sin confianza no hay futuro posible para las fundaciones.

Mirando al futuro, las fronteras que se avecinan son enormes. El cambio climático seguirá poniendo a prueba la resiliencia de comunidades enteras. La revolución tecnológica plantea riesgos de exclusión a la vez que abre oportunidades inmensas. Las tensiones geopolíticas y sociales seguirán generando desigualdad y desconfianza. Frente a todo ello, las fundaciones no pueden encerrarse en sí mismas. Están llamadas a abrir caminos de diálogo y a transformar las diferencias en motores de encuentro.

Este compromiso adquiere una expresión muy concreta en las citas en las que el sector se reúne para compartir aprendizajes y renovar su visión. En Sevilla, los días 30 de septiembre y 1 de octubre, la Asociación Española de Fundaciones (AEF) hemos celebrado una nueva edición de Foro Demos, el encuentro de referencia del sector. Ha sido un espacio para demostrar que la cooperación no es una con- signa abstracta, sino una práctica real y necesaria. Hablar, debatir, escucharse y plantear soluciones conjuntas requiere valentía y altura de miras, pero sobre todo supone reconocer que el futuro se construye con las manos de muchos. Cada alianza se convierte así en un espacio de experimentación y creatividad. En ellas, unas entidades aportan su conocimiento técnico, otras su presencia sobre el terreno, otras su capacidad de comunicar o financiar proyectos.

Esa complementariedad es la que da riqueza al ecosistema fundacional. Más que competir por la visibilidad, se trata de sumar talentos, perspectivas y recursos para ampliar el impacto. En la unión se encuentra no solo la eficacia, sino también el sentido profundo de la filantropía.

La capacidad transformadora de la filantropía se hace aún más evidente cuando se observa el impacto que tiene sobre las comunidades. No se trata únicamente de paliar necesidades inmediatas, sino de generar cambios estructurales y duraderos. Allí donde hay pobreza, exclusión o desigualdad, las fundaciones pueden actuar como catalizadores de oportunidades. Su labor no sustituye al Estado, sino que lo complementa, amplía su radio de acción y llega a zonas donde otras estructuras no alcanzan.

Uno de los elementos más poderosos de la filantropía es su flexibilidad. A diferencia de otros actores, las fundaciones pueden reaccionar con agilidad ante nuevas realidades sociales y redirigir sus esfuerzos cuando detectan necesidades emergentes. Esta capacidad de adaptación es crucial en un mundo donde las crisis son cada vez más interconectadas y rápidas. Hoy, una emergencia humanitaria puede tener repercusiones globales en cuestión de días y contar con redes filantrópicas coordinadas es una ventaja determinante.

Pero más allá de la respuesta inmediata, la filantropía también cumple una función estratégica: impulsar la innovación social. Las fundaciones pueden experimentar con nuevas soluciones, probar enfoques audaces y escalar aquellos que demuestran ser eficaces. Al no depender de ciclos políticos o de intereses comerciales, tienen margen para pensar a largo plazo, lo que les permite invertir en cambios estructurales y no solo en remedios temporales.

“Es indispensable que las fundaciones sigan apostando por el trabajo en red, la creación de alianzas estratégicas y una visión compartida de futuro. La experiencia demuestra que, cuando hay voluntad de cooperar, los resultados son profundos y duraderos”.

El diálogo con otros sectores es igualmente esencial. La colaboración con universidades, centros de investigación y organizaciones internacionales amplía el alcance de los proyectos y permite incorporar evidencia científica y conocimiento experto. Esta interacción fortalece la credibilidad de la filantropía y con- tribuye a crear políticas públicas más efectivas. De esta forma, las fundaciones no solo financian proyectos, sino que se convierten en agentes de cambio que influyen en la agenda social y política.

Otro aspecto clave es la participación ciudadana. Cuando la sociedad percibe que la filantropía escucha, incluye y construye con las comunidades, se genera un círculo virtuoso de confianza y corresponsabilidad. Los proyectos dejan de ser “de las fundaciones” para convertirse en iniciativas compartidas, donde las personas se sienten parte activa del cambio. Esta corresponsabilidad refuerza el tejido social y consolida los logros alcanzados.

También conviene recordar que la filantropía tiene un importante componente educativo y cultural. Al promover valores como la solidaridad, la cooperación o el compromiso con el bien común, contribuye a construir sociedades más cohesionadas. Las fronteras no solo son geográficas: también son mentales, emocionales y culturales. Y es precisamente en este terreno donde la filantropía tiene una oportunidad única de inspirar nuevos modos de convivencia y de participación.

En un mundo en transformación constante, las fundaciones están llamadas a desempeñar un papel protagonista en la construcción de sociedades más justas y resilientes. Para ello, es indispensable que sigan apostando por el trabajo en red, por la creación de alianzas estratégicas y por una visión compartida de futuro. El reto no es pequeño, pero la experiencia demuestra que, cuando hay voluntad de cooperar, los resultados son profundos y duraderos.

En definitiva, las fronteras pueden dividir, pero también pueden ser el punto de partida de nuevas alianzas. La filantropía no es un gesto accesorio ni un lujo, sino un motor esencial para construir sociedades más equitativas, inclusivas y sostenibles. Allí donde otros ven límites, las fundaciones tienen la oportunidad –y la responsabilidad– de ver posibilidades. Y en ese gesto de tender la mano se encuentra, quizá, la forma más poderosa de transformar el mundo.•••

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