VII Gala Premios FUNDOS
“FUNDOS promueve los premios a la innovación social en Castilla y León. Porque el término ‘innovación’ ha sufrido una notable inflación semántica. No toda variación es progreso. La innovación social debe evaluarse con criterios precisos: qué mejora, para quién y con qué nivel de eficiencia”.
La Fundación Obra Social de Castilla y León (FUNDOS) desarrolla desde hace años una estrategia orientada a generar ideas, proyectos y dinámicas de colaboración capaces de dar respuesta a necesidades sociales insuficientemente cubiertas. Su modelo de actuación parte de una idea esencial: que los grandes desafíos contemporáneos exigen nuevas formas de cooperación, nuevas metodologías de intervención y una capacidad constante para transformar conocimiento en soluciones eficaces, sostenibles y socialmente útiles.
Desde esta convicción, FUNDOS promueve los Premios FUNDOS a la Innovación Social en Castilla y León, concebidos para reconocer a personas, entidades y organizaciones que contribuyen a generar impacto social mediante la innovación y el emprendimiento. Estos galardones -cuya VIII edición acaba de presentarse- buscan visibilizar proyectos capaces de crear valor colectivo, fortalecer el tejido social y articular respuestas más eficientes, justas y adaptadas a las complejidades de nuestro tiempo.
Al hilo de esta convocatoria, resulta oportuno reflexionar sobre el verdadero significado de la innovación y sobre el papel decisivo que desempeñan la creatividad, el emprendimiento y la capacidad de adaptación en el progreso de las sociedades contemporáneas. Porque las sociedades no se sostienen por la mera inercia de sus estructuras, sino por su capacidad para someterlas a revisión constante. Como advirtió Karl Popper, una sociedad abierta no es aquella que presume de estabilidad, sino la que incorpora mecanismos críticos para corregir sus propios errores. La historia, en este sentido, no es una secuencia de equilibrios, sino un proceso continuo de reajuste.
Conviene, sin embargo, precisar el alcance del concepto de innovación. No toda novedad constituye un avance. La novedad puede ser arbitraria; la innovación, en cambio, es una disciplina orientada a resultados. Joseph Schumpeter lo expresó con claridad al definirla como la introducción de “nuevas combinaciones” capaces de transformar el sistema productivo y social. Innovar no es simplemente hacer algo distinto, sino alterar la lógica de funcionamiento de la realidad mediante soluciones eficaces.
Problemas ¿inevitables?
Desde esta perspectiva, el progreso exige una intervención emprendedora capaz de desafiar las inercias del statu quo. Las sociedades tienden a preservar lo establecido, incluso cuando ha dejado de ser eficiente. Por ello, la innovación requiere un entorno de libertad. Como subrayó Friedrich Hayek, el progreso no puede planificarse de manera centralizada, porque depende de la utilización de un conocimiento disperso que ningún actor posee en su totalidad. Esta premisa obliga a mantener una exigencia intelectual elevada. En los últimos años, el término “innovación” ha sufrido una notable inflación semántica, hasta convertirse en ocasiones en un recurso retórico vacío. Pero una gestión que no se somete a la prueba de los resultados ni a una ética de la responsabilidad termina erosionando la confianza pública. No toda variación es progreso. La innovación social debe evaluarse con criterios precisos: qué mejora, para quién y con qué nivel de eficiencia. El desarrollo se mide, en última instancia, por su capacidad para ampliar las
libertades reales de las personas y por la calidad en la gestión de los recursos colectivos.
En este contexto, la innovación social redefine nuestra forma de interpretar la realidad. Problemas que durante décadas se asumieron como inevitables –la desigualdad persistente, la exclusión o la crisis de los cuidados– dejan de considerarse datos inmutables para convertirse en ámbitos de intervención estratégica.
Innovar es, en esencia, producir conocimiento aplicado: transformar lo difuso en inteligible y lo inteligible en acción.
Aquí adquiere una relevancia particular la figura del emprendedor social. Emprender es detectar una ineficiencia en la realidad y asumir el riesgo de corregirla. Es una práctica que exige juicio, carácter y capacidad de decisión. Ahora bien, ningún proceso de cambio se sostiene únicamente sobre iniciativas individuales. Las instituciones desempeñan un papel decisivo: determinan si la innovación encuentra cauce o se ve bloqueada. De ahí la importancia de marcos que incentiven la experimentación, faciliten la colaboración y exijan evaluación rigurosa.
Este desafío adquiere una especial relevancia en territorios como Castilla y León, donde convergen dinámicas demográficas complejas, brechas territoriales y retos de modernización productiva y digital. Superar el agotamiento de determinados modelos exige articular nuevas formas de cooperación entre el sector público y el privado, basadas en la eficiencia, la visión estratégica y la capacidad de adaptación. La historia ofrece, en este sentido, una constante difícil de ignorar: los grandes cambios no nacen de consensos pasivos, sino de minorías activas. Es aquí donde cobra pleno sentido la conocida reflexión de Margaret Mead: “Nunca dudes de que un pequeño grupo de ciudadanos comprometidos puede cambiar el mundo; de hecho, es lo único que lo ha logrado”.•••


